10. feb., 2016

Texto

capítulo 36: " El final de un sabio demente"

Itlán pese a ser un hombre extremadamente valiente, no se sentía del todo cómodo en aquel lugar, decidió regresar a su palacio, antes, felicitó a su colaborador y le otorgó plenos poderes para que llevara a efecto su maquiavélico plan. Una vez que El Jorobado se retiró, Locominot se encerró en su laboratorio y le dio expresas órdenes a sus ayudantes de que no se le debía de molestar durante las próximas veinticuatro horas.

Lono Vusecobo se llamaba el ayudante principal del sabio Locominot, durante muchos años había estado junto a su maestro y le había demostrado mucha fifelidad y dedicación, jamás había dado muestras de descontento ni rebeldía, pese a los constantes malos tratos recibidos, incluso cuando años antes, le ocurrió el lamentable accidente que le provocó aquellas horribles cicatrices y deformaciones en su rostro, producto de las dolorosas quemaduras sufridas.Producto de ello fue que se convirtió en el motivo de constantes burlas  y mofas de todos quienes le conocían.Pero él no se dejó abatir por eso y continuó trabajando con mucha dedicación junto a su maestro y pese a su deformidad llegó a convertirse en el brazo derecho de aquel.

Lono Vusecobo en el fondo de su corazón sentía un odio terrible en contra de su jefe, sabía que aquel accidente que pudo haberle costado la vida había sido por culpa del sabio y en aquellos días en donde estuvo debatiéndose entre la vida y la muerte, juró que algún día se tomaría venganza, no sólo por eso sino también por todos los malos tratos y humillaciones recibidas.

En los últimos días se sentía muy inquieto ya que presentía que los días de Itlán y por ende de su jefe Locominot, estaban llegando a su fin, pensaba que debía de tomar una decisión, ya que de seguir allí, su fin sería inminente, por lo cual había concebido la idea de pasarse al bando enemigo en cuanto se le diera la oportunidad, pensaba que con todo lo que sabía acerca de su odiado jefe, podría obtener, no sólo la clemencia  sino hasta algún beneficio por parte de Los Iusses.

Por eso cuando Locominot le mostró a Itlán aquel especímen de rata, comprendió que debía de actuar cuanto antes, ya que de no hacerlo, su jefe podría salirse con las suyas y aquella idea le parecía monstruosa, sólo digna de la mente  de un loco asesino. Cuando estuvo solo, se tomó su cabeza con ambas manos y exclamó.

_ ¡Que horror...Cuántos miles van a morir de manera tan espantosa!

Sabía que sólo él podría impedir aquello, por  lo tanto tenía que actuar rapidamente. Él ya había pensado muchas veces como poder salir de esa situación, pero ahora ya no podía dilatar más las cosas, por eso, decididamente se encaminó hacia la entrada del pasadizo hasta llegar a la sala en donde se encontraba encadenado el gigante Odaverod, le pidió las llaves al guardia, éste le miró interrogativamente.

_ Debo darle una ración extra de su medicina, son órdenes del Doctor_ Dijo  con convicción. El guardia le entregó las pesadas llaves de hierro y se retiró a una distancia prudente.Lono Vusecobo  abrió con ellas la pesada puerta de hierro y penetró decidido en la amplia sala, luego se dirigió  hacia donde estaba encadenado el gigante y le comenzó a hablar:

_ Ha llegado la hora de acabar con tus sufrimientos, yo te voy a dar tu libertad, pero debes de confiar en mí, tal como lo has venido haciendo desde hace un tiempo.He estado cambiando tus medicinas de manera que creo queya estás en condiciones de moverte y actuar de manera normal, ahora bien, voy a soltar las cadenas y cuando estés libre de ellas te pido que te dirijas al laboratorio y que destruyas con fuego todo lo que allí se encuentra, el Doctor Locominot va a tratar de detenerte, pero no le debes de hacer caso y si es necesario, elimínalo, ese hombre ha hecho ya mucho daño. Despues que acabes con eso, regresa aquí, yo veré la manera de que podamos escapar de este lugar.

Mientras soltaba las pesadas cadenas de metal, observba atentamente al gigante, éste le miraba de forma inexpresiva, Lono Vusecobo confiaba en que éste le entendía, aunque no estaba muy seguro ya que con seguridad las drogas le habían dañado sus facultades mentales, pero en los últimos días, Locominot habia descuidado aquello y delegado en su ayudante dicha tarea, lo cual le había facilitado a Lono Vusecobo llevar a cabo su plan. Al comienzo Odaverod se había mostrado agresivo, pero poco a poco comenzaba a confiar en él, aunque a veces dudaba si aquel gigante mantendría sus condiciones físicas y mentales, ahora se comprobaría.

Tan pronto Odaverod se vio  libre de sus cadenas, respiró hondo y luego se irguió en toda su descomunal estatura, enseguida tomó una de las pesadas cadenas y la enarboló por encima de su cabeza como si fuera una boleadora.Lono Vusecobo lo miró aterrado, temiendo que éste se le viniera encima, pero sus temores se disiparon cuando el coloso se le acercó sumisamente diciéndole:

_ Gracias por darme mi libertad, te juro que no te arrepentirás de lo que has hecho, ahora déjame hacer lo que tengo que hacer y espérame aquí.

Cuando el gigante traspuso la pesada puerat de hierro de la sala, recién Lono Vusecobo respiró tranquilo, suspirando:

_ Ya está hecho...Ahora todo depende de él.

Escuchó los gritos de los guardias y las carreras desenfrenadas, también los fuertes golpes y cadenazos, enseguida...el silencio. Recien entonces Lono Vusecobo se atrevió a asomarse  al pasillo y caminar por él, por el camino se tropezó con los cuerpos  de los infortunados guardias que yacían en el piso, algunos con sus craneos destrozados ya habían pasado a mejor vida.

Una vez en la sala de guardias buscó el llavero que contenía las llaves de las puertas de acceso, al fin las encontró y luego se devolvió por el mismo pasillo para esperar al gigante.

Ajeno a todo lo que estaba sucediendo, Locominot y dos de sus ayudantes se encontraban en el laboratorio, concentrados en la labor que estaban realizando, provistos de gruesos guantes de cuero, se encargaban de examinar a las ratas las cuales habían sido sedadas previamente, les daba instrucciones a sus colaboradores:

_ Escogedme todas aquellas que presenten manchas rojizas en el cuello, esas son las que me interesan, pero asegurénsen que esten bien sedadas ya que un mordico de ellas significaría la muerte.

Mientras eso ocurría dentro del Laboratorio, afuera se desarrollaba un espectáculo macabro:El gigante Odaverod parecía enloquecido y ávido de sangre, había reunido junto a la puerta los cadáveres de los guardias y luego de rociarles con el aceite de las lámparas les prendió fuego, entonces un olor nauseabundo a carne quemada se esparció por todos los rincones de aquel largo pasadizo. Recién entonces Locominot pareció percatarse de que algo extraño sucedía afuera y cuando decidió abrir la puerta, retrocedió horrorizado al observar a travéz del humo y de las llamas a aquel ser abominable que parado frente a él lo miraba con una mueca salvaje en su rostro.

_ ¡Ja ja...Despídete del mundo de los vivos miserable, llegó tu hora y la de todos ustedes, ahora van a morir como las ratas miserables que son!

Fue lo último que alcanzó a escuchar aquel sabio medio loco, las llamas se precipitaron al interior del laboratorio y se incrementaron con las substancias y líquidos inflamables que se encontraban allí almacenados, entonces se produjo la primera explosión y Odaverod  alcanzó a huir para ponerse a salvo, luego sobrevinieron otras dos mucho más fuertes y violentas, tanto, que parecía como un terremoto que estremeció hasta los cimientos aquella construcción.

Cuando en la sala, LonoVusecobo vio aparecer al Gigante Odaverod, respiró aliviado, ya que había temido que éste hubiera muerto en las explosiones que había escuchado.

-¡Pronto! Debemos de salir de este infierno, este pasadizo nos conducirá hasta el mismo palacio real..allí...No sé que nos espera, pero no tenemos otra manera de salir de aquí. 

Y ambos corrieron por el estrecho pasillo.