11. dic., 2016

Texto

Capítulo XVIII (Continuación)

Mientras Gomecor se empeñaba en su extraña idea, los habitantes de la ciudad de Lalerot aprovechaban aquel breve período de paz para apertrecharse de provisiones y elementos básicos para la supervivencia, lo que más escaseaban eran las armas, pero aún disponían de las suficientes  como para seguir resistiendo los ataques de los sitiadores.

Los informantes que tenía Rechill en los pueblos cercanos le mantenían informado acerca de lo que ocurría en el ejército enemigo y cuando se enteró de que ellos estaban construyendo aquellos extraños carros se preocupó mucho, pero nadie pudo averiguar  cual iba a ser el objetivo de aquellos armatostes.

Ya las lluvias habían comenzado y Rechill confiaba en que los qocerios esperarian que estas pasaran para continuar con sus ataques, pero se equivocó,  pues después de cuatro días de intensas precipitaciones, cuando el aguacero amainó y el sol comenzó a asomar entre los negros nubarrones, los guerreros que vigilaban en las atalayas de los muros de la ciudad, pudieron observar con gran estrañeza  como aquellos " cangrejos gigantes" avanzaban lentamente hacia la ciudad.

_¿ Que diablos son esas cosas de color negro? Se preguntaban los hombres, al tiempo que preparaban sus arcos y sus flechas incendiarias.

Rechill que permanecía en una de las torres, se estremeció al ver como aquellos "cangrejos" continuaban avanzando y se acercaban paulatinamente a los muros, mientras desde lo alto les llovían las flechas y los proyectiles arrojados por las máquinas de guerra.

Ocultos y guarecidos debajo de aquellos caparazones de madera los guerreros qocerios asomaban sus flechas por entre las ranuras y cada vez que se detenían  lanzaban sus flechas  hacia los altos muros y ahora, a diferencia de los ataques anteriores, éstas alcanzaban a sus blancos produciendo mucho daño entre los defensores.

Rechill observaba con atención a aquellos artefactos, los cuales avanzaban movidos por los propios atacantes, las flechas arrojadas sobre ellos resbalaban sin causar mayor daño, comprendió que no había forma de detenerlos y que de seguir así llegarán hasta la base de los muros de la ciudad.

-¡Jamás ví nada parecido! Exclamó y enseguida le dio órdenes a sus ayudantes:

_ Por lo que veo, los qocerios va a alcanzar la base de los muros, debemos de impedir que coloquen sus escalas y si lo hacen deberemos de estar preparados para combates cuerpo a cuerpo, ordenad que todos los hombres se preparen en las almenas.

Al frente, Gomecor comprobaba con gran satisfacción que la idea de aquel aresano estaba dándole resultados y se apresuró a felicitarle:

_ Si tomamos la ciudad te prometo que hablaré con el Rey para que éste te premie como es debido por tu excelente idea.

Su ayudante, Yanecca se le acercó y le dijo al oído:

_Mi Loq, creo que es ahora cuando debemos de lanzar la ofensiva general que hemos planificado.

Gomecor accedió y sus hombres hicieron sonar sus cornos en señal de avance y de inmediato el grueso del ejército que aguardaba en la colina cercana, se puso en marcha: Cinco mil jinetes, seguidos por diez mil infantes iniciaron la marcha rumbo a la ciudad.

Pero Rechill, que no era hombre que se dejara abatir tan facilmente, reaccionó:

_¡Traed arriba todos los tiestos con aceite que podamos encontrar y colocadlos en las almenas.

Los hombres y mujeres de la ciudad comenzaron a hacer una cadena humana, pasándose de mano en mano los tiestos, repletos de aquel aceite negro y viscoso que se utilizaba para encender las antorchas y lámparas, una vez que reunieron una buena cantidad las volcaron sobre  los caparazones de aquellos  "cangrejos", muchos de los cuales ya estaba a pocos metros de los muros de la ciudad.

Aquella lluvia negra desconcertó un poco a los hombres que se ocultaban debajo, pero lo que vino después fue peor aún: Una lluvia de flechas encendidas que cayeron sobre ellos, lo que de inmediato provocó que estos caparazones comenzaran a incendiarse, los hombres se apresuraron a salir para no quemarse, pero muchos no lo pudieron hacer y otros caían abatidos por las flechas de los defensores.

Pero aunque muchos de los atacantes perecieron horriblemente quemados, las llamas se elevaron hacia arriba provocando una nube oscura y tóxica y aquello sirvió para que aprovechando esa circunstancias los atacantes que pudieron sobrevivir colaran sus largas escalas sobre aquellos artefactos y se encaramaran hacia las almenas.Se iniciaron sangrientos combates cuerpo a cuerpo, pero ya el ejercito enemigo llegaba hasta los muros y sus defensores no pudieron impedir que miles de hombres comenzaran a trepar, igual que las arañas hacia lo alto, abajo, los carros incendiados seguían ardiendo y sus llmaradas se elevaban hacia el cielo, entonces, de maera providencial para  los sitiadores, una enorme nube negra comenzó a descargar un intenso chaparrón, apagando  las llamas y salvando de esa manera a muchos guerreros, los cuales nceguecidos por el odio y los deseos de venganza, pues habían visto morir quemados a muchos de sus compañeros,acometieron con gran ímpetu, mientras los hombres que defendían las almenas iban cayendo poco a a poco.quedando sus cadáveres ensangrentados sobre el piso.

Al cabo de más de tres horas de sangrientos combates cuerpo a cuerpo entre defensores y atacantes, Rechill comprendió que estaba siendo derrotados y que la superioridad numérica de los atacantes era brumadora y ya yana les podría detener, incluso ya se combatía dentro de la ciudad, aquello se iba a convertir en una verdadera masacre. Moviendo tristemente su cabeza, exclamó:

_ ¡Estamos perdidos! Qinna, toca la señal convenida para que los que puedan retirarse hacia los refugios, lo hagan. Nosotros también lo haremos.

Los cornos de bronce  lanzaron sus sones metálicos, haciendo oír pese a los ruidos de los combates al chocar las espadas y las lanzas y los gritos de dolor o rabia de los combatientes.

Dedntro de las viviendas escogidas de antemano, se abrieron las entradas que conducían a los túneles secretos, ocultos en los lugares más insospechados y muchos se escabulleron por los pasadizos hacia los refugios construídos bajo el subsuelo de la ciudad.

Mientras arriba, en la superficie continuaba la última e inútil resistencia. Si Rechill hubiera continuado en aquella torre, la más alta de la ciudad, hubiera podido observar con horror, las calles repletas de cadáveres y los verdaderos ríos de sangre, tanto de uno como del otro bando, que teñían de rojo las piedras del piso, pero él ya no se encontraba allí,pues desde la torre había descendido por las empinadas escalas de piedra y ahora se encontraba en un lugar seguro, situado a muchas verts debajo del subsuelo de aquella gran urbe.Tampoco pudo ver, como al cabo de varias horas de lucha, la bandera plateada del Minch, colocada sobre la torre principal del palacio, era reemplazada por  por aquella del aguila dorada en fondo negro del Loq Gomecor, señalando así, simbólicamente que después de más de cuatro meses de asedio, la orgullosa y rica ciudad de Lalerot había sido finalmente tomada y conquistada por los qocerios, algo que nunca antes había sucedido.