23. may., 2017

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Otras Navidades:

Las fechas más esperadas por los que éramos niños en aquellos años, eran, por supuesto las de Navidad y no solo por los regalos que recibíamos sino  también por todo el contexto  de aquellas celebraciones.

En aquellos años casi no existían los árboles artificiales, ni los juegos de luces tan populares y al alcande de todos en estos días.

Así, allá en mi pueblo, recuerdo que mi padre se iba en su bicicleta llevando su afilado serrucho y pedaleaba hasta un conocido parque llamado El Pretil, allí, se encaramaba hasta las ramas más altas de un pino ciprés y cortaba una de ellas para regresar a casa con el que se convertiría en "nuestro árbol de Navidad. Ignoro si aquello estaba permitido o si era motivo de una multa al ser sorprendido, seguramente que así era, más en mis recuerdos infantiles lo que sucedía una vez que ya contábamos con nuestro árbol era, primero, buscar un cubo, generalmente un balde de latón, el cual rellenábamos con arena y piedras de modo que el arbol se mantuviera firme y listo para ser adornado por nosotros. Mi madre traía la caja en donde se  guardaban los adornos navideños, de allí, sacábamos con sumo cuidado las delicadas esferas de colores brillantes, que se quebraban al menor roce, pero que una vez colocadas en las ramas del arbol navideño le daban un aspecto hermoso y fascinante. Había unas bolas grandes y otras más pequeñas, las cuales, encaramados sobre una silla tratábamos de ubicar de manera armónica en nuestro árbol. Después colocábamos los adornos, estos eran pequeñas figuritas de plástico representamdo animalitos como vacas, gatitos, monos,etc. Las colgábamos con hilo, pero no bastaba con eso,pues el arbol era bastante grande y había que rellenar  muchos espacios. Para eso estaban los globos y así nos poníamos a soplar con nuestros pequeños pulmones de niños aquellos globos de goma hasta darles el tamaño suficiente y atándolos con hilo de coser, los colocábamos en los sitios elegidos. Luego venían las guirnaldas de papel brillante, ya con ellas,el árbol se veía hermoso y sólo restaba colocar la cúpula con la estrella de Belén de color plateado . Al fín, nuestro árbol quedaba listo y ahora solo cabía esperar la Nochebuena para que El Viejo Pascuero colocara a sus pies, nuestros regalos y juguetes.

Me olvidaba de algo importante: El Pesebre, pues no había arbol navideño, por pobre que fuera el hogar al que pertenecía  en donde no se colocara a sus pies un pesebre con aquellas figuritas de yeso pintado que representaban al Niño Jesús en medio de sus padres María y José y rodeado por las infaltables figuritas de, una vaca, un burro, algunas ovejas y por supuesto, los pastores y los tres Reyes Magos.

Una vez listo nuestro árbol, nosotros salíamos a recorrer las calles del centro de nuestra ciudad para contemplar las vitrinas de las tiendas en donde admirábamos los hermosos juguetes y los adornos especiales para dichas fiestas.

Allí se exhibían toda clase de juguetes: Juegos de palitroques, hechos de madera y pintados al esmalte con figuras de payasos o soldados, los antiguos  juegos de soldaditos de plomo (Que ahora sabemos que son nocivos por ser plomo un peligroso veneno), los Mecanos, con sus piezas metálicas que a mi me atraían tanto que mi padre se endeudó para regalarme uno de ellos en una de esas navidades, también, las pistolas de fulminantes con cachas recubiertas de nácar, con las cuales jugaba a los pistoleros junto a mis hermanos, aturdiendo los oídos de mis padres con sus estallidos. También se vendían en aquellos años unos caballitos que tenían su cabeza fabricadas en cartón piedra pintada y su cuerpo era un palo parecido al de las escobas, era un juguete muy barato, pero  para un niño pequeño le parecía muy divertido, como lo pude comprobar muchos años después, cuando le regalé uno de aquellos caballitos a mi pequeño hijo, quien se volvió loco de alegría,"cabalgando sobre él" y mostrándoselos orgullosos a sus demás compañeritos, sin saber que era un regalo muy modesto, que era lo unico que había podido comprarle dada mi precaria situación en aquellos días.

Para los que tenían mejor situación económica estaban los juguetes a cuerda, recuerdo que mi abuelo Vicente me trajo para una Navidad un lindo payasito, que al girarle una manivela sobre su espalda, comenzaba a danzar mientras se oía una melodía. Yo me sentí tan fascinado con aquel juguete, que mas tarde, mientras mi abuelo conversaba con mis padres, me llevé el payasito al patio y tomando un pesado martillo lo golpeé hasta desarmarlo, pero no quería destruirlo sino saber que tenía adentro de su cuerpo, por supuesto que el payasito no funcionó más, mi padre me castigó severamente, pero mi abuelo me consoló en secreto, asegurándome que me traería otro igual, pero eso nunca sucedió.

Siempre deseé poseer un trencito de esos que veia en los escaparates de las tiendas, pero nunca pude tenerlo, pues eran muy caros y mis padres no podía comprarmelos, pero yo sí pude hacerlo cuando me convertí en padre y se lo regalé a mi hijo menor con quien nos entretuvimos durante muchas horas, volviendo a ser un niño, después de tantos años.

Pero no solo eran los juguetes lo que nos interesaban, también era costumbre en esos tiempos, que para las fiestas navideñas se preparara un rico chocolate caliente, el cual se servía junto al delicioso Pan de Pascua. No recuerdo mucho si se bebía el famoso Cola de Mono, aunque si asi era, solo lo disfrutaban los adultos.

Los años pasaron, ya dejé de ser niño y mis regalos ya no fueron juguetes, sino otras cosas, como: Un reloj de pulsera, al cumplir los quince,un juego de Album Filatélico, con su lupa y muchos sellos de correo para coleccionar y ropa.Ya por esos años comencé a fijarme en una linda vecinita que vivía a la vuelta, la que se convirtió en la protagonista de todos mis sueños y aventuras románticas, pero de ello, hablaré en otra oportunidad. Tito Fabio.